miércoles, 2 de octubre de 2013

WOLF CHILDREN (2012, MAMORU HOSODA): ALGUNOS PENSAMIENTOS




No es del todo fácil suscitar reflexiones profundas mediante historias aparentemente sencillas. Mamoru Hosoda lo ha conseguido. Esa es su gran baza. Su último largometraje es una hermosa fábula. Creo que, por su temática, alcanza a cualquier persona que alguna vez se haya detenido a cuestionar su lugar en la sociedad y la necesidad de los seres humanos de vivir entre iguales. La pregunta es sencilla: ¿queremos ser lobos o humanos?

El lobo ha sido empleado a menudo como emblema de la vida salvaje. Se ha encumbrado al cánido como animal solitario por antonomasia, amoldado a la vida en lugares remotos y a las inclemencias del temporal. En la ficción, representa lo contrario de lo que entendemos que debe ser el hombre: el primero es sociable, racional y civilizado; el segundo solitario, feroz, salvaje. La imagen ha estado teñida siempre de un romanticismo sospechoso. Dicen que en todo hombre hay un lobo y que el hombre es un lobo para el propio hombre.  El conflicto surge cuando nuestra parte animal intenta arrastrarnos más allá de los límites que permiten las leyes y las costumbres. La ficción está llena de ejemplos: recordemos la novela de Herman Hesse, El lobo estepario. Pensemos en El hombre lobo (1941), una de las mejores películas del periodo clásico de la Universal. Su protagonista es un indivuduo atormentado por su incapacidad para doblegar su naturaleza salvaje. Su tragedia es ejemplar, clásica, desgarradora a veces. Pocas veces el género ha ofrecido un retrato tan jugoso y emblemático. Nombremos a Hiroyuki Okiura, que antes de Hosoda ofreció una visión mucho más oscura y desoladora del hombre como lobo en la inolvidable Jin Roh. Una película compleja, hermética y cargada de lirismo; no en vano Mamoru Oshii escribió el guión.  Aunque tal vez sea la formidable Las aventuras de Jeremiah Johnson (1971) el gran canto al hombre solitario, aquel que se adentra en lo más inhóspito de la naturaleza y se camufla entre las bestias para rehuir del contacto humano. 

En cuanto a Wolf children, decir que Hosoda amplia su registro narrativo con ella. Summer wars me pareció una estupenda película para toda la familia pero, viendo Wolf children, creo que algo se perdió en el camino tras La chica que saltó en el tiempo, algo que el cineasta ha vuelto a recuperar: el sentido del drama, de la gravedad, que estaba prácticamente ausente en Summers wars que, vista ahora con cierta perspectiva, me parece una obra un tanto complaciente. Ese registro dramático que emparente La chica y Wolf children reside en una idea sencilla: la vida consiste en tomar decisiones, y esas mismas decisiones, acertadas o no, nos llevan por un camino en el que ganamos algo pero, a cambio, también perdemos algo importante. La idea ya se encontraba codificada en La chica en forma de triángulo amoroso; es una película desenfadada, llena de nostalgia y de una velada tristeza. También es mi anime favorito de los últimos años. Wolf childfren mantiene en parte el tono familiar de Summer wars, pero es una obra mucho menos complaciente en tanto que retoma la idea que subyace en La chica. Evita el final feliz y lo sustituye por otro agridulce. Decidir es aceptar una pérdida en favor de una ganancia. Wolf children admite muchas lecturas: puede ser una historia sobre la maternidad, sobre la dificultad de educar a los hijos, sobre la búsqueda de la identidad, sobre las relaciones familiares, sobre cómo la sociedad acepta a aquellos que mimetizan sus comportamientos y estigmatiza a los que siguen otros diferentes... Estos moldes dan para mucho.

Wolf children está lejos de ser una obra perfecta: la animación no es cautivadora. Hay momentos edulcorados y una sentido de la maravilla, de la exaltación bucólica, demasiado convencional como para resultar conmevedor y duradero (y aunque la aparición del zorro junto al árbol me cautivó, no dejo de pensar que se respira un sentimiento demasiado Ghibli en ella). La historia a veces se estanca. La primera parte, después del prólogo, resulta demasiado lineal. Hay un punto de inflexión aproximadamente a la mitad, cuando Ame ve por primera vez al viejo lobo enjaulado. A partir de ahí gana ritmo. Los conflictos se acentúan, las posturas se extreman y el verdadero drama se define ante el espectador tal y como es.  A ratos me recuerda un poco a Colorful. Son dos cintas completamente distintas, pero maduras en cuanto a su modo de plantear el conflicto. Sin duda la segunda es mucho más cruda y dura, entre otros motivos porque así es el tema que aborda: el suicidio infantil; asunto candente, de plena actualidad en en Japón. Se me ocurre que tal vez por esa dureza y por tocar un tema tan específico no haya ganado el reconocimiento que se merece fuera de su país.  

Como ya he dicho, Wolf children no es una obra perfecta, pero a quién le demonios importa. La perfección suele equivaler a lo finito, a lo concluso, a la muerte. Aquí hay una historia que puede llegar al fondo de aquellos que se sientan identificados con ella. Eso me parece más importante que cualquier otra consideración. Cuando una obra de arte consigue la comunión con aquellos que la experimentan, puede decirse que ha logrado su objetivo. Wolf children lo consigue, a pesar de sus imperfecciones, y por ello merece un visionado atento. El futuro de Hosoda es muy esperanzador. Es posible que su próximo trabajo se aparte de la línea marcada por Wolf children. Sería una pena. Solo el tiempo lo dirá. Mientras llega ese día, yo me instalaré una temporada en ese plano al principio de la película en el que la silueta de un lobo emerge en un campo de flores doradas.     

PD: quiero ser un lobo. 









 

1 comentario:

Korayma Alvarado dijo...

es una hermosa critica; es muy cierto tu pensar, la he descubierto hace poco y simplemente me encanta, esta cargado de emociones que te llegan a pesar de que la historia no es muy compleja.